Reedición de las entradas antiguas

Supongo que nadie espera justificaciones para las repeticiones. Creo que es una dinámica cotidiana de los blogs, lo de editar, revisar, reeditar, sobre todo, cuando se intenta encontrar el camino para no agotarse una a sí misma. Y digo esto porque estoy haciendo alguna revisión en la edición de las entradas que contienen relatos de ficción. Esto es, sustituir una imagen por otra o por un dibujo. Es parte de la reestructuración de mi «almita» creativa, un poco extrañada y un poco reencontrada. Y como siempre digo, que para los pocos bien avenidos que estamos por aquí, prefiero dar cuenta de los cambios, de por qué andan repitiéndose las entradas y de paso, por qué no, disculparme por ello. Porque ya que estáis ahí, leyendo o no, prefiero conservaros, desde el cariño.

No, mi intención no es obligaros a repasar o redescubrir. No persigo que leáis las entradas de nuevo o de nuevas; la cuestión es que esta plataforma todavía no tiene —o no conozco la herramienta— una manera de reeditar sin que vuelva a aparecer en el feed del lector, en la línea de tiempo de los lectores. Sin embargo, no hay más que fijarse en las fechas de publicación para darse cuenta de que son antiguas. Mis disculpas por lo reiterado del asunto. De todas formas son solo unas cuantas entradas así. Y si no os habéis dado cuenta, pues mejor. Solo por si acaso.

Mis disculpas de nuevo.

Deconstruyendo a Zoe / 3 de julio de 2020

Intento reconstruir mi creatividad. Literalmente es así. Los cambios que se pueden producir en la personalidad a determinada edad son mínimos. No digamos el carácter. Y eso que al decir esto me estoy cargando años, y siglos ya, de terapias desde las que se pretende reconducir al ser humano.

No, no he querido decir que no se puedan enmendar las cuestiones de los malos hábitos, o de las conductas empecinadas en reproducirse como para hacernos daño una y otra vez a nosotros mismos, y de paso a los demás. A lo que me refiero es que en lugar de intentar cambiar de forma radical —ya digo que me parece harto difícil—, sí, al menos, podemos hacer pequeños retoques de nuestra posición en la vida y con respecto a la vida, con respecto a lo que somos. Como en el Photoshop, quizá podamos coger la máscara, esa con la que parece que nace una persona —llámalo «carácter»— y darle un par de retoques, enseñarle un par de cosas para que no se nos revuelva más a la primera contrariedad de la mente. Voy a dejarlo ahí, porque no me interesa hablar del carácter en este momento. Ya me parece saber cuál es el mío —incluyendo tipo junguiano, eneatipo y horóscopo, con ascendente y etc., etc.—.

He empezado por decir que intento reconstruir mi creatividad, y es que hoy por hoy, lo que me importa, fuera de todo análisis de la personalidad, es ese camino que había perdido: mi creatividad. Gracias a Dios —y no soy creyente, pero me encanta la expresión— no hace mucho que volví a verle la cara, a la creatividad. La cuestión ahora es que llevo también un corto período de tiempo durante el cual necesito encontrar la pista de cuándo se me extravió la creatividad.

A ver, perderla, exactamente perderla, nunca la he perdido, pero la forma en la que le veo la cara a la creatividad en estos momentos no tiene nada que ver con como la utilizaba durante buena parte de mi vida. Era una forma obsesiva y compulsiva. Una relación amor-odio. Tenía a veces mis buenos ratos, pero duraban poco. Tenía siempre la incómoda y horrible sensación de estar actuando bajo una obligación perpetua. Asimismo, pretendía alcanzar metas inalcanzables —no digo ya infranqueables—, y no faltaba tampoco algún que otro, o bastante, sentimiento de culpa. Total que, aunque a ratos me daba cierto solaz, la mayoría de las veces era desasosiego. Osea que solazarme, lo que se dice solazarme, en pocas ocasiones, y en su mayoría se basaban en los resultados, en los efectos, en el «yo me creía que no podía, pero he podido», en el «lo he conseguido» —y qué miedo da eso, porque una vez conseguido, eso es lo que hay—.

Debo decir que quizá por eso, y a pesar de que había hecho cosas que merecían el perdón e incluso más, quizá cierta admiración —no sé y me da igual—, a pesar de ello, al cabo de ese tiempo y hasta hace poco, como he dicho, momento en el que volví a verle la cara a la creatividad, me deshice de todo lo que había hecho. Porque cuando lo veía me recordaba lo poco que me solazaba yo en ese mar de duda, compulsión, obsesión y, con sinceridad, angustiosa carrera hacia no se sabía dónde; todo esto mezclado con otros temas pueden crear el más exótico de los cócteles.

Ya no está. No asoma ni por asomo —me encanta decirlo así; la s y la m suenan bien en esta redundancia—. Y ya está, lo dejo aquí. Aunque continuaré, prefiero tratar las cosas cada una en su lugar. Esto podría llamarse un prólogo, y eso que tengo manía a los prólogos… No veo el sentido de un prólogo en una obra, pero lo dejo, lo dejo… No, mejor llamarlo introducción. Algo así me vale.

Aire

En otra ocasión, en otro blog, publiqué este vídeo en el que se oían los windchimes, o carillones de viento, que estaban a la venta en un puesto de la calle. Era allá por el mes de septiembre del pasado año 2019. Hice una anotación sobre los vientos que anuncian un cambio.


Ahora se me ocurre añadir este vídeo en el que se ve un arce blanco mecido por el aire a comienzos del mes de julio de 2020.

En cuanto a este, prefiero ahorrarme el comentario.

No es lo que cuenta

Para una cuentista amiga.


No es lo que cuenta; es cómo lo cuenta.

Me hace sentir que todo es sencillo y me dejo llevar,

como el simple avanzar hacia algún lado sin importar adónde.

¿Hace falta ser erudita para comprender esto?


¿Que hacía uno de los hermanos Grimm?

Según se narra en la película El maravilloso mundo de los hermanos Grimm (1962) dirigida por Henry Levin y George Pal, uno de los hermanos Grimm, Wilhelm, encontró la fuente de la que beber para sus posteriores narraciones fantásticas —que ya se sabe eran heredadas de la tradición oral popular—. Se supone que descubrió que había una mujer en el bosque que contaba en su cabaña todas estas leyendas. Vivía retirada y la creían una bruja por este retiro suyo de la sociedad bulliciosa, y por cierta apariencia excéntrica o misteriosa, digo yo. La particularidad de su audiencia, la única que ella admitía, era que se trataba de niños. Solo podían asistir los niños a sus recitales. Wilhelm, que se enteró de ello y que, según cuenta la película, era el más preocupado por dejar constancia de este mundo de fantasía por escrito, consiguió acceder a la cabaña de la mujer cuentacuentos tras seguir a los niños que salían corriendo por las calles a determinada hora del día para introducirse en el bosque. Cuando llega a la casa de la mujer, esta cierra la puerta tras el último niño y no permite que entre nadie más. El hermano Grimm se queda sentado fuera de la cabaña, en el suelo debajo de una ventana, que queda abierta de modo estrátegico como para que Wilhelm pueda tomar nota de lo que se cuenta.

Sabemos que ambos hermanos eran lingüistas. Yo al menos los vi de pasada, o tuve que estudiarlos medianamente, en una de las asignaturas de mi carrera. Así que no sé el alcance de esta verdad, aunque es muy posible que intente averiguarlo algún día. La realidad es que recogieron una amplia tradición de narración oral popular y la pusieron por escrito. Era algo que se hacía en la época, sobre todo, en el campo de la Filología, lo de recoger la tradición oral y ponerla por escrito. Pero bueno, ¿y no es eso lo que hacemos todos constantemente al escribir?

En cualquier caso, la anécdota de Wilhelm Grimm, la de la película que me ha venido a la memoria, me vale para decirme eso que me he dicho al principio y todo lo que le ha seguido a continuación. Esto es, «No es lo que cuenta; es cómo lo cuenta».

¿Qué haces ahí subida?

¿Qué haces ahí subida cuando podrías estar más arriba?

¿Qué te hace estar pegada a la parte superior de una farola, mobiliario urbano que te rodea a todas horas?

Lo que es la costumbre.

¿O es que prefieres seguir contemplando las ramas del castaño desde abajo?

¿Pero es eso lo que estás haciendo, contemplando un árbol?

No, tu mirada es baja.

Dime, ¿qué piensas?, ¿qué estás mirando?

¿No ves lo verde que está eso de más arriba?

Claro, puedes elegir. Tú tienes tus opciones.


©oar